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Luis Benjamín Cisneros |
Cándida virgen,
pudorosa y tierna, En sus pupilas negras sonreía, Como velada irradiación interna De inocencia, de amor y de poesía. La negra cabellera coronaba Su talle esbelto de ideal belleza: La vez primera que la vi, llevaba Blanco jazmín prendido en la cabeza. Bañaba siempre un encendido rayo De nácar rosa su mejilla pura, Rosa ella misma de florido mayo En todo el esplendor de la hermosura. Yo, casi niño aún, la amé sincero Con la ilusión de virginal cariño, Con la ternura del amor primero Y el sobresalto y timidez del niño. El vivo ardor de mi amorosa llama Nunca mi labio revelarle pudo, Que es débil siempre el corazón que ama Y mi propio temor era su escudo. Con las frases más breves y sencillas Quise hablarle cien veces el lenguaje De la pasión, besando de rodillas La cola vaporosa de su traje; Y cien veces callé, porque temía Agregar su desdén a mi tormento, Y al pensarlo, mi ser desfallecía Sin esperanza, ni valor, ni aliento. Cansado, al fin, de tan cruel tortura, escribíle un billete perfumado en que, después de hablar de mi ternura, le rogaba decirme si era amado. Y la agregué, con mano temblorosa: ---"Iré a verte a la tarde, y si tuvieres puesto un jazmín en tu cabeza hermosa será feliz señal de que me quieres!.--- ¡Oh, amor! ¡Con qué ansiedad devoradora vi aproximarse la anhelada tarde! ¡fue eterno siglo para mí cada hora, sin vida casi el corazón cobarde!... ¡Pero, oh feliz señal! Ventura humana, al llegar de la calle a los confines. La vi que me esperaba en su ventana ¡La cabeza cuajada de jazmines! Tiñó su tez cual llama purpurina Que pronta reacción trocó en sonrojos Y del pudor con la expresión divina Al mirarme avanzar, bajó los ojos ¡Oh, amor! ¡Oh, dulce aspiración sentida que unes las almas y la vida creas, primer y último encanto de la vida, amor, oh santo amor, bendito seas! |