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(primavera de 1829) |
Recuerdas, Silvia mía De tu vida mortal aquellos tiempos Cuando el amor brillaba En tus ojos inquietos y rientes, Y, alegre y pensativa, los umbrales Cruzabas de los años florecientes? Sonaba en las tranquilas Estancias y en las calles El eco de tu canto, Cuando al trabajo femenil atenta Te sentabas, contenta Del dulce porvenir que presentías. Era el mayo oloroso, Y tú mirabas correr así los días. Yo, los gratos estudios Dejando a veces y los viejos folios Donde mis verdes años Y lo mejor de mí se consumía, Desde el terrado del patemo albergue Mi oído al son de tus canciones daba Y al rumor de tus manos, Que la penosa tela recorrían. Miraba el claro cielo, Los senderos dorados y los huertos, Y por un lado el mar, por otro el monte. Lengua mortal no dice lo que dentro sentía. ¡Qué pensamientos suaves, qué esperanzas, qué gloria, oh Silvia mía! ¡Cuán dulce parecía la existencia a tu lado! Cuando me acuerdo de aquel gran contento, Me embarga un sentimiento Acerbo y desolado, Y vuelve a atormentarme mi tristeza. ¡Oh cruel Naturaleza! ¿Por qué a tus hijos nada de lo que ofreces cumples, y de engaños la vida está sembrada? Antes de que el invierno el campo helase, Tú, combatida por fatal dolencia, Morías, tierna amiga. Y de tus años Ver la flor no pudiste. No acarició tu alma De los negros cabellos la alabaza O del mirar modesto, enamorado, Ni en las fiestas las mozas a tu lado De amores conversaban. También, al poco tiempo, Mi esperanza moría; a mi existencia Negó también el hado La juventud. ¡Ay, cómo, Cómo huiste por siempre, Querida amiga de las dulces horas, Oh mi llorado encanto! ¿Es éste el mundo aquel? ¿El amor éste, Éstas las obras, el pacer ardiente Sobre que juntos departimos tanto? ¿Este el destino de la humana gente? Al surgir a la vida, Tú, mísera, caíste, y con la mano Me mostraste, al partir, la fría muerte Y un sepulcro lejano.
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