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Los jazmínes
   
  Cándida virgen, pudorosa y tierna,
En sus pupilas negras sonreía,
Como velada irradiación interna
De inocencia, de amor y de poesía.

La negra cabellera coronaba
Su talle esbelto de ideal belleza:
La vez primera que la vi, llevaba
Blanco jazmín prendido en la cabeza.

Bañaba siempre un encendido rayo
De nácar rosa su mejilla pura,
Rosa ella misma de florido mayo
En todo el esplendor de la hermosura.

Yo, casi niño aún, la amé sincero
Con la ilusión de virginal cariño,
Con la ternura del amor primero
Y el sobresalto y timidez del niño.

El vivo ardor de mi amorosa llama
Nunca mi labio revelarle pudo,
Que es débil siempre el corazón que ama
Y mi propio temor era su escudo.

Con las frases más breves y sencillas
Quise hablarle cien veces el lenguaje
De la pasión, besando de rodillas
La cola vaporosa de su traje;

Y cien veces callé, porque temía
Agregar su desdén a mi tormento,
Y al pensarlo, mi ser desfallecía
Sin esperanza, ni valor, ni aliento.

Cansado, al fin, de tan cruel tortura,
escribíle un billete perfumado
en que, después de hablar de mi ternura,
le rogaba decirme si era amado.

Y la agregué, con mano temblorosa:
---"Iré a verte a la tarde, y si tuvieres
puesto un jazmín en tu cabeza hermosa
será feliz señal de que me quieres!.---

¡Oh, amor! ¡Con qué ansiedad devoradora
vi aproximarse la anhelada tarde!
¡fue eterno siglo para mí cada hora,
sin vida casi el corazón cobarde!...

¡Pero, oh feliz señal! Ventura humana,
al llegar de la calle a los confines.
La vi que me esperaba en su ventana
¡La cabeza cuajada de jazmines!

Tiñó su tez cual llama purpurina
Que pronta reacción trocó en sonrojos
Y del pudor con la expresión divina
Al mirarme avanzar, bajó los ojos

¡Oh, amor! ¡Oh, dulce aspiración sentida
que unes las almas y la vida creas,
primer y último encanto de la vida,
amor, oh santo amor, bendito seas!